La tarea fundamental de la revolución burguesa se reduce a conquistar el Poder y ponerlo en consonancia con la economía burguesa existente;

Mientras que la tarea fundamental de la revolución proletaria consiste en construir, una vez conquistado el Poder, una economía nueva, la economía socialista.
AMAUTA Revista Socio - Politica
 


CAPITULO VI

La II Guerra Mundial

Los grandes éxitos alcanzados por la Unión Soviética durante el 1er Plan Quinquenal, el constante ascenso de su economía, se había  producido mientras el mundo capitalista se veía sacudido por una de las mayores crisis económicas de su historia. Los índices de la producción industrial de todos los principales países capitalistas descendieron en vertical. El paro, se extendió masivamente.

En 1933 la crisis se transformó en estancamiento. Después de 1934 hubo cierta reanimación, pero a partir de 1937 aparecieron los primeros síntomas de una nueva crisis económica. Esta crisis era particularmente grave en los Estados Unidos y ya se extendía a Francia e Inglaterra. Menos afectados aparecían los países que  habían procedido a una intensa militarización de su economía (Alemania, Italia, Japón) Pero Stalin preveía que pronto esta crisis se extendería también a estos países:

¿Qué significa encarrilar al país por los cauces de la economía de guerra? Significa imprimir a la industria una dirección unilateral, de guerra; extender por todos los medios la producción de artículos necesarios para la guerra, producción que no está relacionada con el consumo de la población; restringir por todos los medios la producción y, sobre todo, el suministro al mercado de artículos de consumo popular; por lo tanto reducir el consumo de la población y llevar al país a una crisis económica». («Informe ante el XVIII Congreso del Comité Central del PC (b)» en «Cuestiones del leninismo» Ed. cit. pág. ó97)

Stalin preveía que:

«La crisis actual será más dura y será más difícil de combatir que la crisis anterior» porque «la nueva crisis se ha iniciado no después de un florecimiento de la industria, como ocurrió en 1929, sino después de la depresión y de una cierta reanimación, la que, no obstante, no se convirtió en florecimiento» (Ibíd. pág. ó94-5)

Por otra parte la guerra, que estaba a punto de extenderse a escala mundial complicaba extraordinariamente la crisis y la agravaba.

Mientras el mundo capitalista se debatía en estas contradicciones, la economía de la URSS experimentaba un ascenso incontenible. El segundo Plan Quinquenal, presentado en el XVII Congreso (1934) preveía que la Unión Soviética alcanzaría una producción industrial ocho veces superior a la de antes de la I Guerra Mundial. El segundo Plan preveía una inversión global de 133.000 millones de rublos (en el primer Plan  habían sido 64.000 millones)

En el siguiente Congreso (1938) Stalin pudo anunciar que el volumen de la producción industrial de la URSS se había  casi quintuplicado con respecto a 1929. En el mismo periodo la producción industrial había  bajado en un 28 por 100 en los Estados Unidos en un 30 por 100 en Francia, y en los demás países capitalistas había  permanecido estancada o se había  incrementado ligeramente. La economía soviética había  crecido impetuosamente sin verse afectada por la «gran depresión».

 Con respecto a la preguerra (1913) la producción industrial había crecido en un 900 por 100: los objetivos del Plan habían sido superados. Con respecto al mismo periodo la producción de los Estados Unidos se había incrementado en un 20 por 100, la de Inglaterra en un 13 por 100, la de Alemania en un 31 por 100. La de Francia había bajado en un 7 por 100.

En la industria el sector socialista había desplazado casi totalmente al sector privado (0,03 por 100 del total) En el XVIII Congreso (10 de marzo de 1939) Stalin afirmaba:

«La desaparición de la industria privada no puede ser considerada como una casualidad. Sucumbió, ante todo, porque el sistema socialista de la economía es superior comparado con el capitalista. Sucumbió en segundo lugar, porque el sistema socialista de la economía nos dio la posibilidad de reequipar, en el curso de unos cuantos años toda nuestra industrie socialista sobre una base técnica nueva, moderna. Semejante posibilidad no la proporciona ni puede proporcionarla el sistema capitalista de la economía. Es un hecho que, desde el punto de vista de la técnica de la producción, desde el punto de vista del grado de saturación de la producción industrial con nuevos elementos técnicos, nuestra industria ocupa el primer puesto en el mundo» (Ibíd., pág. 708)

Stalin indicaba que, desde el punto de vista de la producción industrial, la URSS estaba por detrás de los países industrializados del Occidente solamente desde el punto de vista de la producción industrial per cápita. Para alcanzarles también en este terreno aún se necesitarían algunos anos.

En la agricultura se había experimentado un constante incremento de la producción. La superficie sembrada había aumentado en un 30 por 100 con respecto a 1913. El número de tractores había pasado, en el curso del Plan, de 200.000 a 400.000. El número de trilladoras de 25.000 a 600.000. El número de camiones en el campo de 26.000 a 730.000.

La colectivización de la agricultura había dado un ulterior paso hacia adelante. Los koljoses agrupaban al 93,5 por 100 de todas las familias campesinas. La superficie cerealista cultivada individualmente había bajado al 0,6 por 100.

Las condiciones de vida y culturales del pueblo habían experimentado una extraordinaria mejoría. El salario medio había subido de 1.500 rublos a 3.500 rublos. Las inversiones del Estado en obras culturales y sociales habían aumentado de 6.000 millones a 35.000 millones. El número de alumnos en las escuelas había aumentado en un 142,6 por 100.

A partir de 1935 el movimiento stajanovista, que fue esencialmente un movimiento de apropiación de la técnica por parte de la clase obrera, se extendió por todo el país.

«Observad, en efecto, a los camaradas stajanovistas. ¿Quiénes son estos hombres? Son, principalmente obreros y obreras jóvenes o de mediana edad, hombres preparados desde el punto de vista cultural y técnico, modelos de precisión y de exactitud en el trabajo... Están exentos del conservadurismo y de la rutina de algunos ingenieros técnicos y dirigente de la economía. Marchan audazmente hacia adelante, destruyendo las normas técnicas anticuadas y creando otras nuevas, más avanzadas. Introducen enmiendas en las previsiones de capacidad de las empresas o de los planes económicos establecidos por los dirigentes de nuestra industria. A menudo completan y corrigen a los ingenieros y técnicos. Frecuentemente los instruyen y los empujan hacia adelante, pues son hombres que dominan plenamente la técnica de su ramo y saben hacer que la técnica rinda al máximo de lo que se le puede hacer rendir» («Discurso pronunciado en la 1 Conferencia de stajanovistas» en «Cuestiones del leninismo» Ed: cit. pág. ó15)

En 1939, en el XVIII Congreso, Stalin podía anunciar que las clases explotadoras  habían visto su poderío económico aniquilado y que el socialismo había triunfado en la URSS. Los pueblos de la Unión estaban reunidos alrededor del Gobierno soviético y del Partido Comunista que había acabado con la explotación del hombre por el hombre y que había abierto el camino del bienestar a la inmensa población del viejo imperio zarista. Stalin dijo:

«He aquí donde reside la base de la solidez del régimen soviético y la fuente de la fuerza inagotable del Poder de los Soviets. Esto significa, entre otras cosas, que en caso de guerra, la retaguardia y el frente de nuestro Ejército, dada su homogeneidad y unidad interior, serán más sólidos que los de cualquier otro país, lo que no deberían olvidar los aficionados extranjeros a los conflictos militares» («Informe ante el XVIII Congreso» Ed. cit. p g. 725)

Uno de los aspectos de la actividad de Stalin que ha sido más atacado y que ha dado lugar al mayor número de calumnias y difamaciones, ha sido su obra de dirigente de la URSS y del Partido Comunista durante la II Guerra Mundial. Como todos saben la guerra mundial terminó con una clamorosa, derrota del nazi fascismo, con la victoria de la URSS (que políticamente salía considerablemente reforzada del conflicto), con una extensión extraordinaria del campo socialista y el reforzamiento del movimiento comunista internacional. Sin embargo un gran número de historiadores se dedican a calumniar o a deformar la obra de Stalin en aquella época. Entre ellos, en primera fila se encuentran los «historiadores» trotskistas para los cuales, en el curso de la II Guerra Mundial la URSS actuó según una lógica completamente nacionalista y chovinista. Más tarde Jruschov, en el curso del XX y del XXII Congreso del PCUS se unió al coro de los calumniadores de Stalin proporcionando una versión alucinante de la actuación de éste en el curso del conflicto, con afirmaciones del tipo de que, «Stalin preparaba las operaciones sobre un mapamundi» e insinuando la idea de que era «un perfecto incapaz en cuestiones militares»; estas calumnias han tenido gran difusión en la URSS y fuera de ella en los últimos años. Según Jruschov la principal «victima» de Stalin y a la vez artífice de la victoria seria Zukov el cuál, sin embargo, en plena «era» jruschoviana escribiría en sus memorias: «Tuve la posibilidad de estudiar a fondo a Stalin como estratega militar, porque hice toda la guerra junto a él. Stalin dominaba los problemas organizativos inherentes a las operaciones de frentes enteros o grupos de frentes y dirigía estas operaciones con pleno conocimiento, porque era competente también en las grandes cuestiones estratégicas. Estas cualidades de Stalin como Comandante Supremo se manifestaron sobre todo a partir de Stalingrado. En la dirección general de la guerra Stalin se apoyaba en su ingenio natural y en su rica intuición, Sabia encontrar el elemento principal de una situación estratégica y basarse en él para resistir al enemigo o para conducir ésta o aquélla operación ofensiva. Está fuera de duda que fue un excelente Comandante Supremo».

Sin embargo, estas afirmaciones de Zukov (escritas en «una época en la cuál el hablar bien de Stalin no resultaba nada provechoso en la URSS) no se recogen en los escritos de los historiadores burgueses, que citan por otra parte sin recato las tonterías de Jruschov sobre el «mapamundi».

Recientemente se ha difundido un tercer tipo de deformación de la política staliniana durante la Guerra Mundial: es la de los teóricos «tercermundistas» (nos referimos a los revisionistas chinos) que pretenden, a veces, basarse en Stalin para defender su política chovinista de gran potencia. Para ello presentan la táctica de Stalin en vísperas y durante la guerra bajo un ángulo que en nada se diferencia de la versión trotskista: abandono de toda perspectiva revolucionaria y actuación a remolque de las grandes potencias imperialistas. Como veremos se trata pura y simplemente de burdas calumnias: nos limitaremos aquí a indicar que la oreja trotskista -la intoxicación ideológica trotskista acerca de la cuestión de Stalin-, asoma detrás de las argumentaciones de los revisionistas chinos.

La política de Stalin en vísperas de la II Guerra Mundial representa en realidad uno de los máximos logros del gran dirigente revolucionario. Para juzgar este aspecto de la dirección política de Stalin deberían ser suficientes los éxitos que al fin y al cabo se alcanzaron. La mayoría de los historiadores burgueses acepta que la actividad política de Stalin en vísperas del conflicto fue absolutamente genial y fue coronada por el éxito. No renuncian, sin embargo, a rodear esta política de cierto halo «maquiavélico» y «sin principios» para desprestigiar a Stalin en el plano de la «moral», para transformarlo todo en un turbio complot.

En realidad los éxitos de Stalin en esta época se deben sin duda alguna a la aplicación por su parte de una política de principios, es decir, una política basada en criterios científicos marxista-leninistas y movida por el deseo de servir la causa revolucionaria del proletariado.

Stalin supo apreciar desde un primer momento que la guerra que se iba aproximando tenía su origen en las contradicciones ínter imperialistas y en particular en la voluntad expansionista de la Alemania hitleriana cuyo potencial económico y militar requería un nuevo reparto del mundo entre las distintas potencias imperialistas. Stalin supo apreciar también que esta situación encerraba graves peligros para la URSS. Efectivamente la Unión Soviética -el primer país socialista del mundo- constituía, en el marco de las contradicciones a escala mundial, el enemigo de todas las potencias imperialistas; surgía por lo tanto el peligro de que la agresión hitleriana se desencadenara directamente en contra de la URSS, con el beneplácito de los mismos «adversarios» imperialistas de Alemania (las potencias imperialistas occidentales) Por otra parte, éstas, no podían permitir un excesivo reforzamiento de Alemania, ni siquiera a expensas de la Unión Soviética. Pero podían aplazar su intervención en el conflicto hasta el momento en que lo estimaran más oportuno, reservando sus fuerzas, haciendo que el peso de la guerra recayera en primer lugar completamente sobre la URSS, desgastándola, al mismo tiempo que se debilitaría también Alemania.

Stalin interpretó en este sentido el constante retroceder (hasta 1939) de las potencias occidentales ante el chantaje nazi-fascista. Su opinión era que este retroceder no era producto de la debilidad (como se debía demostrar más tarde, el Occidente era muy fuerte) sino del designio -sobre todo por parte del imperialismo británico- de evitar un conflicto con Alemania antes de que ésta entrara en guerra con la URSS.

“¿Cómo ha podido ocurrir que los países no agresores que disponen de formidables posibilidades, hayan renunciado tan fácilmente y sin resistencia a sus posiciones y a sus compromisos en favor de los agresores?...

La causa principal es que la mayoría de los países no agresores, y ante todo Inglaterra y Francia, renuncian a la política de la seguridad colectiva, a la política de resistencia colectiva a los agresores; que pasan a las posiciones de no intervención, a las posiciones de 'neutralidad'”. (Informe ante el XVIII Congreso. Ed. cit. pág. 701)

Pero ¿se trataba de una auténtica política de neutralidad? Stalin contestaba que no:

«En la política de no intervención se trasluce la aspiración, el deseo, de no impedir a los agresores que lleven a cabo su obra funesta; no impedir, por ejemplo, que el Japón se enrede en una guerra contra China, y mejor aún contra la Unión Soviética; no impedir, por ejemplo, que Alemania se hunda en los asuntos europeos, se enrede en una guerra contra la Unión Soviética; hacer que todos los beligerantes se empantanen profundamente en el cieno de la guerra, alentarlos para esto por debajo de cuerda, dejarles que se debiliten y agoten entre si, para luego, cuando ya estén suficientemente quebrantadas, aparecer en la liza con fuerzas frescas, intervenir, claro está, «en interés de la paz»y dictar a los beligerantes, ya debilitados, las condiciones de la paz» (Informe ante el XVIII Congreso págs. 702-3)

La guerra de España, la agresión italiana en contra de Abisinia, la invasión japonesa de China y de Manchuria, la ocupación de Austria. de los Sudetes y por fin la conferencia de Munich y su desarrollo, confirmaron esta afirmación. En una primera fase, Stalin se orientó hacia una alianza de tipo defensivo con Francia e Inglaterra. El objetivo era el de desalentar a Hitler quitándole toda ilusión de poder enfrentarse a sus enemigos por separado. Pero los británicos perseguían justamente el objetivo de un enfrentamiento separado y frontal entre la URSS y la Alemania nazi. Hasta abril de 1939 los soviéticos insistieron en lograr esta alianza. El 17 de abril propusieron a Francia e Inglaterra un pacto de no agresión y de reciproco apoyo. Pero la respuesta inglesa fue inaceptable. Los ingleses pretendían de parte de la URSS una intervención inmediata en el caso de producirse una agresión en contra de Francia y de Inglaterra, pero no aceptaban una actitud correspondiente en el caso de una agresión alemana contra la URSS o en contra de los Estados del Báltico.

Bajo estas circunstancias y en estas condiciones, un pacto con Francia e Inglaterra, lejos de desalentar a Hitler, le orientaría justamente en dirección de una agresión en contra del país de los Soviets.

Por ello Stalin acabó inclinándose por un pacto con Alemania. Si la actitud inglesa hacía imposible un frente común entre los países que constituían el blanco potencial de las miras expansionistas alemanas, había que evitar que la URSS se convirtiera en el primer objetivo de la agresión nazi. Stalin entendió inmediatamente que este objetivo era alcanzable porque Alemania, que se encontraba cercada, no podía no valorar positivamente el ofrecimiento de la URSS; Hitler, además, presionaba sobre Polonia, y tenía interés en que la URSS mantuviera una actitud neutral.

Este fue, muy en resumen, el trasfondo del pacto Von Ribbentrop-Molotov. Y este pacto precisamente ha dado origen a un sin fin de interpretaciones calumniosas y de falsas «teorizaciones».

En su apreciación de las circunstancias Stalin se basó en un análisis de clase marxista-leninista. En primer lugar supo valorar a los adversarios de la URSS por lo que eran: potencias imperialistas agresivas. Stalin rehuyó cualquier análisis mecanicista y en su apreciación no se encuentra rasgo alguno de las brumosas y confusas teorías acerca del supuesto «ascenso» o «descenso» de éste o aquél imperialista como lo hacen hoy los revisionistas chinos. Stalin sabía muy bien que el conflicto que se acercaba podía asumir formas distintas y que no podía formularse una previsión exacta sobre «quién atacaría a quién». Por ello no encerró la política exterior de la URSS en un molde estrecho, basado en ideas preconcebidas sobre el desarrollo de los acontecimientos futuros. Su preocupación primordial fue: 1) mantener a la URSS al margen del conflicto, si ello resultaba factible; 2) hacer que la URSS, en caso de verse implicada en la guerra, interviniera en las mejores condiciones posibles.

El segundo punto implicaba la necesidad de «ganar tiempo» y la idea de evitar el aislamiento de la URSS y, sobre todo, su intervención en la guerra en una situación de inferioridad y sin aliados.

Para lograr estos objetivos, debido a la naturaleza de clases del enemigo y de los potenciales aliados, había que mantener la absoluta independencia de acción de la política soviética, adaptándola al desarrollo de los acontecimientos.

Aunque Stalin sabia que Alemania representaba el principal peligro de agresión en contra de su país, entendió perfectamente que las contradicciones entre la URSS y Alemania eran de naturaleza distinta de las contradicciones entre Alemania y los demás países imperialistas; por ello jamás consideró a las potencias occidentales como aliados «naturales» de la URSS y supo crear las condiciones de la alianza con espíritu táctico, sacando todas las ventajas posibles a partir de una postura independiente, sin encajonarse en una «alianza» predeterminada que muy probablemente le hubiera dejado solo frente al enemigo.

La política de la URSS antes del conflicto fue sobre todo una política de paz. Stalin, hizo todo lo posible por evitar la guerra en primer lugar y para mantener a la URSS al margen de la misma. Esta fue la base de la actitud independiente de la URSS, pues la URSS fue el único país que trabajó activamente para evitar la masacre. Por ello la política de la URSS no se confundió en ningún momento con la de ningún país imperialista. Basándose en esta posición de principio y manteniéndola hasta el final, Stalin supo sacar de ella todas las ventajas tácticas, valorando todas las posibilidades de maniobra que esta posición independiente le proporcionaba. Pero, sobre todo, Stalin jamás perdió de vista la perspectiva revolucionaria, el hecho de que la política de la URSS se situaba en el marco más amplio de la revolución mundial socialista y de las necesidades del movimiento comunista internacional. Esta posición la mantuvo antes y durante la guerra.

La mayor parte de los historiadores burgueses (en primer lugar los trotskistas) sostienen la tesis de que Stalin en esta época abandonó por completo la perspectiva de las necesidades de la revolución mundial para escoger una línea de actuación completamente chovinista. Según ellos el movimiento comunista internacional fue sacrificado frente a las necesidades de la política de Estado de la URSS. Esta versión está en completa contradicción con los hechos. De todos es sabido que el movimiento comunista salió extraordinariamente reforzado del conflicto mundial. Su posición y desarrollo después de la guerra no puede ni lejanamente compararse con la situación de antes del conflicto.

Algunos escritores hablan de la «inexplicable» popularidad de Stalin entre los comunistas del mundo entero en un momento en que los «abandonaba». Pero hay una explicación muy sencilla de ello: en realidad jamás se produjo tal «abandono». Lo cierto es que la II Guerra Mundial fue acompañada por un desarrollo sin precedentes del movimiento revolucionario dirigido por los comunistas. El eje de este proceso consistió en la participación en primera línea de los comunistas en los movimientos de liberación y democráticos que se desarrollaron en el marco del conflicto, sobre todo en Europa y en Asía.

Esta participación de los comunistas en primera línea, verdadera posición dirigente y de vanguardia, fue preparada por toda la política de los Frentes Populares y por la actividad de la Internacional Comunista. Los partidos comunistas de los diferentes países se convirtieron, ya antes de que estallara el conflicto mundial, en los principales animadores de la resistencia al fascismo en el frente interno y en un poderoso respaldo de la política de paz de la Unión Soviética. Cuando los Ejércitos de las potencias del Eje invadieron países de Europa, Asía y África, los partidos comunistas se convirtieron en los principales abanderados de la lucha por la democracia y por la resistencia nacional. Esta fue la línea seguida también de cara a nuestra guerra nacional revolucionaria en contra de la rebelión franquista. La URSS por su parte apoyó al Gobierno republicano en el plano material y en el plano político, y la Internacional Comunista envió a sus mejores hijos a luchar en nuestras trincheras.

En realidad Stalin supo, en vísperas y durante la II Guerra Mundial, combinar eficazmente las necesidades de la defensa de la URSS (el primer y hasta entonces único país socialista) con los intereses del movimiento revolucionario internacional. La prueba está en las justas posiciones de principio que siempre mantuvo y en los resultados prácticos que acabó por alcanzar.

El 21 de junio de 1941 Alemania atacó por sorpresa a la URSS. El pacto de no agresión había permitido a la Unión Soviética ganar algunos meses para reforzarse militarmente y, sobre todo, había creado las condiciones para que Alemania entrara en guerra con Francia e Inglaterra antes de atacar a la URSS. Pero la extensión del conflicto hacia el Este se había hecho prácticamente inevitable. Francia se había desplomado de manera asombrosamente rápida ante las divisiones hitlerianas. No existió prácticamente un frente occidental. Según parece, Hitler llegó a la conclusión de que había que aprovechar el momento favorable para «acabar» con la URSS antes de que la apertura de un frente en el Oeste, por parte de los norteamericanos e ingleses, le atara definitivamente las manos.

Jruschov en el XX Congreso acusó a Stalin de haber dejado a la URSS sin defensas adecuadas ante unos claros síntomas de agresión por parte de Alemania y de no haber previsto el ataque. Esto no es cierto. A primeros de mayo Stalin sustituyó a Molotov como Presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo. Oficialmente se explicó que Molotov estaba sobrecargado de trabajo, pero era evidente que también Stalin lo estaba. Efectivamente, había síntomas de una actitud distinta de Alemania hacia la URSS. En primer lugar la «fuga» de Herman Hesse a Londres que podía interpretarse como un «cable» lanzado por los alemanes a los ingleses. Al respecto se lanzaron un sin fin de rumores que fueron recogidos par la prensa y por los servicios de información. Pero, justamente, Stalin se mantuvo extraordinariamente cauteloso ante tales rumores. En realidad, desde el comienzo de la guerra, los ingleses difundieron cuanto antes toda clase de falsas noticias para provocar ese enfrentamiento entre Alemania y la URSS que constituía el objetivo de su política exterior desde hacia varios años. Jruschov, en su famoso «informe secreto», habla de que se capturó a éste o aquél desertor, que el tal desertor dijo que se iba a producir un ataque, etc. Es absolutamente ridículo pensar que las decisiones del Gobierno soviético pudieran basarse sobre tales hechos. En realidad Stalin actuó muy correctamente resistiéndose a movilizar al Ejército Rojo hasta el momento de la evidencia de la agresión: sabía muy bien que la movilización significaba la guerra y no quería verse envuelto en la misma como resultado de una trampa británica.

En realidad, desde el comienzo del conflicto, Stalin mantuvo una actitud totalmente coherente: siempre se esforzó por basarse en los factores permanentes de fuerza que estaban del lado de la URSS y dejó en un segundo plano (aún sin perderlos de vista) los aspectos circunstanciales y secundarios. Su actitud de evitar a toda costa asumir la iniciativa de la guerra fue una decisión acertada pero difícil y que supuso pagar un precio muy alto: la pérdida de la iniciativa en la primera fase del conflicto. Las tropas alemanas, con su ataque traicionero y por sorpresa, lograron penetrar profundamente en el territorio soviético.

El 3 de julio Stalin habló por radio a los pueblos de la URSS. Sus primeras palabras fueron, al mismo tiempo, solemnes y emocionadas: «Hermanos, hermanas, me dirijo a vosotros amigos míos». Pidió al pueblo que se mantuviera unido alrededor del Partido. Volvió a reiterar las razones del pacto con Alemania, resaltó que a través del mismo se había ganado año y medio y agradeció el ofrecimiento de ayuda por parte de ingleses y norteamericanos. Luego pasó a analizar la situación en el frente.

Stalin no ocultó en absoluto las dificultades de la situación y las graves pérdidas sufridas. Grandes extensiones de la URSS se encontraban ocupadas por el enemigo. Numerosas ciudades  habían sido bombardeadas. Pero no había que desanimarse. Los alemanes habían atacado de improviso y no había que olvidar que se encontraban en pie de guerra desde hacia dos años. El Ejército Rojo, en el momento del ataque, aún no había sido movilizado. A continuación lanzó sus primeras directrices al pueblo de cara a la resistencia: había que formar la milicia popular en las ciudades amenazadas, hacía falta «formar grupos guerrilleros, a caballo, a pie, crear grupos de combate para luchar contra las unidades enemigas, para desencadenar en todas partes la guerra de guerrillas, para volar los puentes, las carreteras, para interrumpir las comunicaciones telefónicas y telegráficas, para incendiar los bosques, los almacenes...»

Con su primer discurso Stalin llamaba al pueblo de la URSS a sumarse a la guerra, instándole a que hiciera «tierra quemada» de la retaguardia del enemigo. Desde el primer momento Stalin consideraba al pueblo como el primero y fundamental factor de la victoria.

Muchos observadores, más tarde, han destacado las analogías entre la táctica adoptada por Stalin en la primera fase del conflicto y la que había empleado más de un siglo antes Kuzutov para hacer frente a la invasión napoleónica. Stalin, efectivamente, supo aprovechar el que el enemigo se viera cada vez más alejado de sus fuentes principales de abastecimiento.

Los alemanes al adentrarse cada vez más en el territorio enemigo, se enfrentaban en la retaguardia con la hostilidad y a menudo con la resistencia abierta de la población local. Como veremos, Stalin supo aprovechar también los factores climatológicos (el invierno ruso) para la contraofensiva en los alrededores de Moscú. Sin embargo en los años de 1941-42 el papel de estos factores no fue el mismo que en el siglo pasado.

La guerra en curso era una guerra moderna, en la cuál participaban Ejércitos mucho más numerosos. La tecnología reducía las distancias, y algunos factores que en el pasado  habían sido decisivos, ya no lo eran. Por ello el Ejército Rojo no pudo limitarse a una simple retirada sino que tuvo que aplicar una táctica de defensa activa, librando encarnizados combates, esforzándose por inflingir el mayor número de pérdidas y de bajas al enemigo, retirándose, pero defendiéndose ininterrumpidamente.

Esta retirada basada en la defensa activa desgastó al enemigo hasta que en las puertas de Moscú se dieron las condiciones para la contraofensiva. Jruschov se ha esforzado por desfigurar esta fase de la guerra, presentándola como una especie de desastre militar, causado por los «errores» de Stalin, y tratando de separar mecánicamente la primera fase del conflicto de la segunda.

Algunos comentaristas insisten en presentarnos a un Stalin casi «aterrorizado» por el desarrollo de los acontecimientos.

La táctica seguida en la primera fase de la guerra había sido dictada, según ellos, por un desesperado y casi irracional deseo de impedir el avance del enemigo. Se habla a menudo de una tozuda y ciega hostilidad de Stalin contra cualquier forma de «retirada estratégica». En realidad Stalin sabía valorar las condiciones de la guerra moderna y temía un avance demasiado rápido y sin resistencias del enemigo.

Pero en sus discursos de esta época se aprecia una lúcida conciencia de que el avance enemigo en las condiciones en que se realizaba iba creando para los alemanes problemas cada vez más insolubles.

La encarnizada resistencia del Ejército Rojo iba impidiendo a los alemanes utilizar su táctica favorita basada en los planes-horario y en la guerra relámpago. El factor sorpresa, que había constituido el elemento principal de sus primeros éxitos iba perdiendo cada vez más eficacia.

Otros factores iban pasando a un primer plano: la solidez de la retaguardia, el número de divisiones y su armamento, la capacidad de los mandos y el espíritu de las tropas.

Por otra parte, Stalin sabía perfectamente analizar todo el conjunto de factores que determinaban, por encima de los éxitos parciales logrados por los alemanes, una evolución de la guerra favorable a la URSS.

El 7 de noviembre de 1941 Stalin había pronunciado un importante discurso en el desfile militar con ocasión del aniversario de la Revolución de Octubre. El desfile tenía lugar con la capital prácticamente sitiada por el enemigo, y su celebración constituía a la vez un desafío y una gran prueba de firmeza y de serenidad. El día anterior una importantísima reunión, presidida por Stalin, del Consejo de la Capital había tenido lugar en el ferrocarril subterráneo. Stalin, a pesar de la amenaza del enemigo, se había negado a que el Gobierno abandonara la ciudad (solamente el Cuerpo diplomático había dejado Moscú.)

Según su costumbre, Stalin no ocultó las dificultades del momento. Dijo claramente que la situación era gravísima y que gran parte del territorio de la URSS había sido ocupado por el enemigo. Sin embargo, añadía, la situación era favorable. El enemigo, a medida que avanzaba en el territorio soviético se alejaba de sus propias bases. En estas circunstancias la acción de los guerrilleros se convertía en un factor de primera importancia. Un segundo factor estaba constituido por el hecho de que el imperialismo no había logrado fraguar una «santa alianza» en contra de la URSS. Además, el régimen soviético había demostrado ser interiormente sólido y tenía el apoyo de la abrumadora mayoría del pueblo. Existían además otros factores, políticos y morales. La ideología nazi, por su carácter corrompido y decadente, constituía un elemento de debilidad del enemigo. Los nazi-fascistas, en todos los territorios ocupados, se  habían abandonado a actos de un salvajismo monstruoso. Un colosal movimiento de resistencia armada iba surgiendo en todos los países de Europa: «solamente los tontos hitlerianos no logran entender que los pueblos esclavizados de Europa lucharán y se sublevarán en contra de la tiranía hitleriana». En último lugar Stalin mencionaba la coalición militar en contra del imperialismo alemán.

Como se ve, Stalin estaba lejos de encontrarse a remolque de los acontecimientos. Por el contrario mantenía intacta su extraordinaria capacidad de analizar los acontecimientos en profundidad, de sintetizar los aspectos esenciales de la situación, relegando a un segundo plano lo accesorio. En particular siempre colocó en un primer plano lo político y lo ideológico, y jamás consideró la guerra como un asunto puramente militar. Por ello incluso en una fase en que el Ejército Rojo sufría graves reveses, es decir, en una fase en que las cosas, en el plano militar, no marchaban de manera satisfactoria, jamás perdió la confianza en la victoria final, porque sabía que el esfuerzo bélico que su país estaba soportando estaba respaldado por una justa política y por una ideología revolucionaria.

Stalin jamás ocultó lo difícil de la situación y tampoco el hecho de que en la primera fase de la guerra se hubieran cometido algunos errores. En un discurso pronunciado el 24 de mayo de 1945 diría: «Nuestro Gobierno cometió muchos errores. Hemos conocido momentos en los que la situación era desesperada cuando, en 1941 y en 1942, nuestro Ejército se retiraba, cuando abandonaba nuestras ciudades y nuestros pueblos de Ucrania, de Bielorrusia, de Moldavia, de la región de Leningrado, de las repúblicas bálticas, de la región carelo-finlandesa. Otro pueblo hubiera dicho a su Gobierno: `No habéis respondido a nuestra confianza, marchaos, tomaremos otro gobierno que haga la paz con Alemania y que nos asegure la tranquilidad'. El pueblo ruso no lo ha hecho, porque tenía confianza en la justeza de la política de su Gobierno. Ha aceptado el sacrificio para que Alemania fuera aplastada. Esta confianza del pueblo ruso en el Gobierno de los Soviets ha sido la fuerza decisiva que ha asegurado la victoria histórica sobre el enemigo de la humanidad, sobre el fascismo».

Como vemos Stalin ponía por encima de todo, por encima de los errores que se  habían dado en la dirección militar, la justeza de la política y de la ideología comunista. La política del Partido y su ideología marxista-leninista constituían la base que aseguraba la victoria. Por ello, lo fundamental era que el pueblo se mantuviera unido alrededor del Partido, que respaldara su política, e ir solucionando sobre esta base, con audacia y espíritu científico, los problemas militares.

así pues, Stalin jamás trató de «ocultar» los errores cometidos en la fase inicial, ni de disminuir ante los ojos del pueblo la gravedad de la situación que se había creado en el rápido avance alemán, ni tampoco el hecho de que el Ejército Rojo se había visto obligado a retirarse a causa de la superioridad inicial del enemigo. Pero al mismo tiempo que reconocía estos hechos, insistía una y otra vez en los factores político-ideológicos de la guerra al mismo tiempo que en el plano estrictamente militar, trataba de determinar los puntos débiles que el «victorioso» avance alemán iba creando en el dispositivo enemigo. Todo ello, para los revisionistas e historiadores burgueses, significaba echar humo a los ojos del pueblo, hablar de una forma «triunfalista», para ocultar» el desastre militar».

Pero la historia misma demuestra que no se trataba de «humo», sino de una profunda capacidad de captar la esencia de los problemas prácticos planteados: nadie puede negar que las cosas acabaron desarrollándose tal y como Stalin había previsto, que la guerra terminó con una estrepitosa victoria soviética, y que el avance alemán se convirtió en retirada, hasta la derrota total en las mismas calles de Berlín. En realidad los calumniadores de Stalin, por mucho que hablen o escriban sobre el tema, se enfrentan con el hecho innegable de que la URSS, con Stalin al frente, acabó ganando la guerra y de que esta guerra se ganó por la acción de aquellos factores esenciales que a lo largo de todo el conflicto, en sus escritos y discursos, Stalin puso de relieve.

Para Stalin la guerra en ningún momento fue una cuestión «puramente militar». La II Guerra Mundial no fue combatida solamente por el Ejército Rojo sino es el caso de decirlo, por todo el pueblo de la URSS.

En su primer discurso por radio a los pocos días de la agresión alemana Stalin llamó al pueblo entero a la resistencia y en particular a la formación de núcleos armados guerrilleros en los territorios ocupados por el enemigo. Durante todo el curso de la guerra el movimiento guerrillero, en la retaguardia del enemigo infringió al mismo duras pérdidas, le impidió crear sólidas bases en territorio ruso, le hostigó continuamente impidiéndole consolidarse definitivamente.

Pero la participación del pueblo ruso en la guerra no se limité a ello. Las masas rusas supieron convertir la industria de la URSS en una industria bélica moderna, capaz de hacer frente, a los medios técnicos alemanes. Esto se hizo en condiciones dificilísimas, cuando la mayoría de los hombres en edad de trabajar se encontraban movilizados para el frente, bajo los bombardeos y ante el avance del enemigo. En estas condiciones hubo que transportar toda la industria hacia el oriente para impedir que cayera en manos del enemigo. Fue una auténtica epopeya, un episodio casi sin precedentes en la historia. Toneladas y toneladas de maquinaria, de equipos industriales de todo tipo, fueron removidas de sus emplazamientos y transportadas a miles de kilómetros de distancia. Al mismo tiempo, en Moscú y en otras capitales, se creó un movimiento de masas de obreros ancianos que, utilizando los rectos del equipo que  habían permanecido en las naves semiabandonadas, pusieron en marcha una industria de emergencia. Las mujeres se volcaron en la producción.

La juventud comunista se movilizó en masa en contra de los bombardeos. De manera particular en Moscú, donde la mayoría de los edificios estaban construidos fundamentalmente con madera, por lo que en cada bombardeo había el peligro de incendios de amplísimas proporciones, los jóvenes permanecían en los tejados durante los ataques de la aviación enemiga para apagar los fuegos. Toda la población de las ciudades estaba encuadrada en un organismo de defensa pasiva (OSOAVIOKHIM) y realizaba tareas de preparación para defenderse en contra de la guerra química y para la neutralización de las bombas incendiarias.

La victoria de la URSS en la guerra fue posible porque todo el pueblo ruso se mantuvo unido alrededor del Partido Comunista y fue movilizado para la guerra. El pueblo ruso fue un arma cien veces más poderosa que todos los «panzer» alemanes, que todas las divisiones nazis.

La ofensiva «decisiva» contra Moscú fue lanzada por los alemanes el 16 de noviembre y alcanzó su punto de máxima intensidad hacia finales del mes. En algunos puntos el Ejército nazi llegó a diez kilómetros de la capital. El 6 de diciembre comenzó la contraofensiva del Ejército Rojo. Las reservas que durante semanas habían afluido desde el este y que habían permanecido ocultas en los bosques próximos a la capital, pasaron al contraataque y rechazaron al enemigo obligándole a retroceder varios kilómetros.

Como Stalin había afirmado una y mil veces, las reservas, la solidez de la retaguardia se convirtieron en un factor decisivo. También influyó la mayor preparación del Ejército Rojo para la guerra invernal. En este aspecto Stalin supo aprovechar un factor ambiental tradicionalmente favorable en el plano militar a los ejércitos rusos. Por ello la contraofensiva se lanzó al comenzar el gran invierno ruso. Pero las condiciones de 1942 no eran las del siglo XIX. Por ello, en este aspecto, la superioridad soviética fue sobre todo una superioridad técnica de tipo moderno para combatir una guerra en tales condiciones: el Ejército Rojo tenía una preparación superior porque había desarrollado motores especiales, aceites especiales, transportes, abastecimiento, vestuario, diversas técnicas de camuflaje particularmente adecuadas para las condiciones del invierno.

La contraofensiva de Moscú abrió una nueva fase en el desarrollo de la guerra. Es cierto que durante el año de 1942 el Ejército Rojo no pudo llevar hasta sus últimas consecuencias el contraataque comenzado en los alrededores de la capital. Las mismas condiciones invernales que habían permitido dar la vuelta a la situación establecían al mismo tiempo las limitaciones de la contraofensiva. Las carreteras, los ríos, toda la gran llanura al oeste de Moscú se encontraban cubiertas por una espesa capa de hielo. Por otra parte el frente cubría una superficie inmensa. En tales condiciones no podía concebirse una contraofensiva en gran escala, que suponía grandes movimientos de tropas. Además, durante 1942 los alemanes lanzaron un ataque hacia el sur, con el objetivo de apoderarse de los pozos petrolíferos del Cáucaso y, desde allí, tratar de atacar Moscú desde el sur, con una maniobra envolvente. Pero de esta forma los alemanes, al empeñarse en dos direcciones al mismo tiempo, crearon ellos mismos las condiciones para la batalla de Stalingrado («Cazando dos liebres -diría más tarde Stalin- los estrategas fascistas se han encontrado en una situación embarazosa».) Pero la ofensiva en el sur supuso en un primer momento la necesidad de un esfuerzo de contención suplementario.

De todos es sabido que la batalla de Stalingrado representó el comienzo del fin para el nazi fascismo. Todo el VI Ejército alemán y parte del IV fueron capturados. El Ejército soviético hizo más de cien mil prisioneros, entre los cuales el mariscal Von Paulus y veinte generales.

A partir de Stalingrado comenzó la inexorable retirada alemana hacia Berlín. Los historiadores burgueses se esfuerzan hoy por disminuir aquel éxito presentándolo como un acontecimiento grandioso, pero casi casual en el desarrollo del conflicto, determinado por el error de éste o aquél general alemán o del mismo Hitler. En realidad la batalla de Stalingrado representó el inevitable desenlace de un conflicto que veía enfrentadas, no solamente dos ejércitos, sino dos opuestas concepciones ideológicas, dos clases sociales, dos sistemas sociales, dos mundos distintos.

Millones de hombres interpretaron de esta forma aquel grandioso acontecimiento. En Stalingrado, por primera vez desde el comienzo de la guerra, los Ejércitos nazis que como una pesadilla se habían extendido por Europa, mordían el polvo y sufrían una estrepitosa derrota. La batalla de Stalingrado dio al movimiento de resistencia contra el nazismo en toda Europa un impulso mayor del que había tenido hasta entonces.

La victoria de Stalingrado agigantó la figura de Stalin. El triunfo del Ejército Rojo se convirtió en el símbolo de la victoria y de la resistencia contra el nazi fascismo. Stalin, el máximo dirigente del PCUS, el Comandante Supremo del Ejército Rojo que había vencido en Stalingrado, se convirtió en una figura legendaria, que encendía la imaginación y los sentimientos de millones de seres. Más tarde, se escribirían páginas y páginas acerca del «culto a la personalidad», para desprestigiar y disminuir a Stalin, para presentarle como un personaje mezquino y vanidoso; pero los sentimientos que la figura de Stalin despertaron y aún despiertan, en millones de personas, tenían su origen en el hecho de que este hombre había estado en el centro de dos acontecimientos históricos -la Revolución de Octubre y la derrota del nazismo- con los cuales centenares de millones de personas se habían identificado. Mucho más sin duda, algo infinitamente más profundo y más permanente, de lo que logran para si los modernos «héroes» de la política burguesa con sus mezquinas maniobras publicitarias, con sus «campañas» televisadas, con sus pequeños «cultos de la personalidad» que no se apoyan en ninguna verdadera batalla, que no pueden suscitar ningún sentimiento auténtico y profundo.

Después de la victoria de Stalingrado se puso de manifiesto claramente que el rumbo de la guerra había cambiado definitivamente y que la derrota de la Alemania nazi era ya simplemente una cuestión de tiempo. A la actividad puramente militar, se añadió una actividad diplomática cada vez más intensa, entre las potencias aliadas. El carácter de esta actividad puede ser entendido solamente si se considera que estos aliados eran, en realidad, potenciales enemigos.

Stalin había afirmado correctamente que el carácter de la guerra se había modificado después de la agresión nazi contra la URSS. Este nuevo carácter de la guerra se había acentuado por la extensión y la consolidación en Europa y en Asía, de los movimientos de liberación nacional y de resistencia contra los agresores. Pero Stalin jamás perdió de vista que Inglaterra y los EE.UU. eran dos grandes potencias imperialistas. La alianza entre estos dos países y la URSS había surgido por la existencia de un enemigo común: la Alemania nazi. Pero este enemigo estaba a punto de ser derrotado. ¿Qué sucedería después? El Ejército Rojo avanzaba hacia Berlín y gran parte de Europa estaba salpicada de guerrillas dirigidas por los comunistas. La guerra, otra vez, se iba transformando en revolución.

Al conflicto abierto, contra las potencias del Eje se añadió un segundo conflicto, subterráneo, que estallaría abiertamente después de terminada la guerra mundial. La habilidad diplomática de Stalin había logrado evitar que la URSS se encontrara sola frente a Alemania después de Munich. Pero sus «aliadas» seguían intrigando. La URSS se encontraba soportando el mayor peso del conflicto. Los EE.UU. e Inglaterra se resistían a abrir un segundo frente en la Europa Occidental y en lugar de desembarcar en Francia lo habían hecho en el extremo sur de Italia, en Sicilia, lo cual suponía un largo y difícil avance a lo largo de la península mediterránea.

¿A qué obedecía todo esto? En realidad se trataba de una continuación de la política seguida en vísperas del conflicto, ahora con una proyección directa en el plano militar: hacer que la URSS y Alemania se desgastaran hasta el extremo límite, e intervenir sólo después desde una posición de fuerza. Estas cuestiones fueron objeto de la primera conferencia entre las potencias aliadas. Stalin, Roosevelt y Churchill se encontraron en Teherán.

En Teherán, Stalin consiguió un compromiso abierto de cara a la apertura de un segundo frente. Churchill se oponía abiertamente a un desembarco en el norte de Francia, alegando toda clase de excusas y proponía un desembarco en el Adriático Norte, con el secreto designio de cortar al Ejército Rojo el camino hacia Berlín y tomar posiciones en los Balcanes para poder intervenir, en su momento, en contra del movimiento comunista y de resistencia que se desarrollaba poderoso en esa región.

Stalin en Teherán, supo explotar hábilmente, en el terreno diplomático, los éxitos alcanzados por el Ejército Rojo. Stalin observó que no había un canal de la Mancha entre Rusia y Berlín y que había mucho que recorrer entre el norte de Francia y Alemania. Churchill y Roosevelt entendieron que su propio juego se estaba haciendo peligroso y que cabía la posibilidad de que Alemania se desplomara antes de que los anglonorteamericanos se hubieran consolidado en Francia. De la conferencia de Teherán salió la decisión de abrir un segundo frente.

La conferencia de Teherán y los acontecimientos sucesivos prepararon en cierta medida la conferencia de Yalta. Churchill, obligado ya a aceptar la apertura del frente occidental intrigaba sin recato en los asuntos del Este. En Londres actuaban toda clase de gobiernos títeres montados por los imperialistas occidentales y que deberían de ocupar el poder en los países del este de Europa. Los ingleses tomaron contacto con los alemanes de cara a una paz separada.

En este clima y en esta situación, la conferencia de Yalta llegó a ser una necesidad absoluta. Los trotskistas suelen afirmar que en Yalta la URSS participó en un «reparto del mundo» por esferas de influencia. Se trata de una total deformación de la realidad. En Yalta jamás se hipotecaron los destinos de la revolución en ningún, país del mundo. En Yalta se definió un primer esbozo de acuerdo general entre los aliados de cara a una serie de cuestiones (destino de Alemania, fronteras de Polonia, etc.) cuya definición era absolutamente necesaria si no se quería que la agudización de las contradicciones entre la URSS por un lado y las dos potencias imperialistas occidentales, por el otro, se transformara en guerra abierta en el momento de quedar derrotada Alemania.

El 16 de abril, el Ejército Rojo lanzó la última ofensiva contra Berlín. Fue una terrible batalla por las calles de la capital alemana que cayó el 2 de mayo. El 9 de mayo Alemania capitulaba. La agresión imperialista contra el primer país socialista, había fracasado.


 
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